Estudios Bíblicos
Estudios Bíblicos Prédica de Hoy: La fidelidad de Dios
Texto Bíblico Principal: “Tu misericordia, oh SEÑOR, se extiende hasta los cielos, tu fidelidad, hasta el firmamento.” Salmo 36:5
Tema: La Fidelidad de Dios en un Mundo Frágil
Introducción
En febrero de 2023, los terremotos en Turquía y Siria nos recordaron lo frágil que es la vida. En cuestión de segundos, edificios que habían resistido durante décadas colapsaron, dejando miles de víctimas. Pero entre tantas imágenes de dolor, una historia se destacó. Un niño de 5 años de edad, después de estar atrapado bajo los escombros durante 192 horas (aproximadamente 8 días), relató algo extraordinario: “Una persona vestida de blanco me alimentó y luego desapareció.”
Detengámonos aquí un momento. Imagina la escena: un niño pequeño, atrapado bajo los escombros de un edificio, en total oscuridad, sin comida ni agua, sobreviviendo contra toda lógica. ¿Quién podría haber sido esa persona vestida de blanco? Aunque no podamos saberlo con certeza, ¿no es razonable pensar que fue Dios mismo, o uno de Sus ángeles, enviando ayuda cuando todo parecía perdido?
Esta historia nos invita a reflexionar en algo que puede transformar nuestra perspectiva: la fidelidad de Dios no se limita a nuestras circunstancias visibles. Incluso en medio del caos, Él sigue presente, guiándonos, cuidándonos y sosteniéndonos.
El Salmo 36:5 describe esta fidelidad de forma poética y poderosa: “Tu misericordia, oh SEÑOR, se extiende hasta los cielos, tu fidelidad, hasta el firmamento.” Al igual que los cielos que cubren toda la tierra, la fidelidad de Dios no tiene límites.
La Fidelidad Contrasta con Nuestra Realidad
Si miramos a nuestro alrededor, vemos cómo la fidelidad parece ser algo cada vez más escaso en nuestro mundo:
- Empresas tecnológicas, que prometieron estabilidad, dejaron a miles de trabajadores desempleados en 2023.
- Gobiernos alrededor del mundo abandonan compromisos tras ser elegidos.
- Incluso en nuestras propias relaciones, ¿cuántas veces hemos experimentado la decepción de promesas no cumplidas?
La fidelidad humana, por naturaleza, es frágil. Cambia con las circunstancias, y a menudo depende de lo que ganemos o perdamos. Pero aquí está lo asombroso: Dios no es como nosotros. Su fidelidad no cambia. Es constante, segura, e independiente de nuestras acciones o del caos que nos rodea.
Imaginemos al salmista escribiendo estas palabras. Probablemente fue David, quien conoció la fidelidad de Dios en momentos críticos de su vida. David sabía lo que era enfrentarse a gigantes como Goliat y lo que era huir por su vida mientras Saúl lo perseguía. Pero también sabía que, en cada circunstancia, Dios nunca lo abandonó. La fidelidad de Dios no era para David un concepto abstracto; era una experiencia viva y real.
¿Y tú? ¿Recuerdas momentos en los que has sentido la fidelidad de Dios, incluso cuando parecía que todo estaba perdido?
La Naturaleza como Testigo de Su Fidelidad
Cuando el salmista compara la fidelidad de Dios con los cielos, nos está llamando a contemplar algo visible y constante. Piensa en las estrellas. Se mantienen en su lugar, funcionando con una precisión que podemos calcular siglos por adelantado. O en los ciclos de las estaciones, que nunca fallan. Cada amanecer, cada estación y cada estrella son testigos silenciosos de un Dios que sostiene el universo con Su fidelidad.
El Señor lo expresó de una forma aún más personal: “Mirad las aves del cielo… vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo 6:26). Si Dios cuida de las aves y sostiene las galaxias, ¿cómo no será fiel con nosotros, Sus hijos?
Una Fidelidad que Transforma Nuestra Vida
Este Salmo no es solo un recordatorio poético; es una verdad que tiene el poder de cambiar nuestra perspectiva. Habla de una fidelidad que:
- Nos sostiene en los momentos más oscuros.
- Nos asegura que Dios cumple cada una de Sus promesas.
- Nos da paz cuando el mundo parece caótico e incierto.
En este estudio bíblico, exploraremos tres áreas donde la fidelidad de Dios se manifiesta claramente:
- En la creación que nos rodea.
- En la historia de Su pueblo a lo largo de las Escrituras.
- En nuestras vidas personales hoy.
Mi oración es que, al reflexionar en Su fidelidad, encuentres consuelo, fortaleza y esperanza. Porque la fidelidad de Dios no depende de nosotros. Es tan grande como los cielos, tan segura como el amanecer, y tan constante como Su amor eterno.
I. La fidelidad de Dios en la creación
Cuando miramos la creación, todo lo que nos rodea nos habla de la fidelidad de Dios. Desde el primer día, cuando Él dijo: “Sea la luz” (Génesis 1:3), hasta este mismo momento, la tierra subsiste porque Él la sostiene. No es casualidad. Es el reflejo de un Creador que no solo da vida, sino que también la sustenta.
El salmista lo expresó de forma clara: “De generación en generación es tu fidelidad; tú afirmaste la tierra, y subsiste.” (Salmo 119:90)
Pero aquí está la pregunta: ¿qué significa este testimonio visible de Su fidelidad para nuestras vidas? Para responder, consideremos tres aspectos: el orden en la creación, Su provisión diaria, y la invitación a confiar en Él.
a. El orden en la creación refleja su carácter
Desde el principio, Dios estableció un diseño perfecto para el universo. En Génesis 1:14, Él separó el día de la noche y estableció las estaciones: “Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sean por señales, y para las estaciones, para días y años.“
Imagina lo que esto significaba para los antiguos. En un mundo sin relojes ni tecnología avanzada, las estaciones y los movimientos del sol y las estrellas marcaban el ritmo de la vida. Era un recordatorio constante de que el universo no es caótico; está gobernado por un Dios fiel y constante.
Jeremías 33:25 refuerza esta idea cuando dijo: “Si no existiere mi pacto con el día y la noche, si no hubiera puesto yo las leyes del cielo y de la tierra…“
En otras palabras, Dios no solo creó el cosmos; Él lo mantiene funcionando con precisión. Las estrellas que guían a los navegantes, las lluvias que llegan en su tiempo, y las estaciones que aseguran la cosecha son testigos silenciosos de Su fidelidad.
Ahora pensemos en esto: si Él cuida de los detalles más grandes del universo, cómo no cuidará también de nuestras vidas?
b. La provisión diaria: maná en el desierto
La fidelidad de Dios no es solo evidente en el cosmos; también se manifiesta en nuestras necesidades diarias. Uno de los ejemplos más asombrosos de esto es el maná que proveyó al pueblo de Israel durante su travesía en el desierto. Éxodo 16:35 dice: “Así comieron los hijos de Israel maná cuarenta años, hasta que llegaron a tierra habitada.“
Piensa por un momento en lo que esto implicaba. Israel estaba en un desierto donde no había agua ni comida. No había tiendas donde comprar ni campos para cultivar. Su única opción era depender de la fidelidad de Dios. Pero aquí está lo interesante: el maná no podía guardarse para el día siguiente. Desaparecía al amanecer, obligando al pueblo a confiar en Dios cada día, no en sus propios recursos.
Jesús, siglos después, conectó este milagro con Su obra redentora, diciendo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre.” (Juan 6:35) Así como el maná sustentó a los israelitas, Él es nuestro sustento eterno. Su fidelidad no solo nos provee lo que necesitamos físicamente, sino también lo que necesitamos espiritualmente.
c. La creación como invitación a confiar
Ahora, levantemos la vista al cielo. El profeta Isaías nos invita a reflexionar diciéndonos: “Levantad en alto vuestros ojos y mirad quién creó estas cosas; Él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres. Ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza.” (Isaías 40:26)
Qué imagen tan poderosa. Cada estrella tiene un lugar, y ninguna falta. ¿No te da consuelo saber que el mismo Dios que cuida de las estrellas también cuida de ti? Y no es solo el cielo. La lluvia que llega a su tiempo es otro recordatorio de Su fidelidad. En Isaías 55:10-11, Él compara Su palabra con la lluvia que nunca vuelve vacía, sino que cumple Su propósito. Así es Su fidelidad: inquebrantable, suficiente, y perfecta.
La creación nos enseña que Dios es fiel en todo lo que hace. Pero Su fidelidad no se limita a lo que podemos observar en la naturaleza. Ahora exploraremos cómo esa fidelidad se ha manifestado a lo largo de la historia de Su pueblo, desde los patriarcas hasta el cumplimiento de Sus promesas en Cristo.
II. La fidelidad de Dios en la historia de Su pueblo
“Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones.” Deuteronomio 7:9
La fidelidad de Dios no es solo visible en la creación; también se manifiesta en Su trato personal con Su pueblo a lo largo de la historia. Desde los días de Abraham hasta la venida de Cristo, Dios ha demostrado que guarda Sus promesas, cumple Sus pactos y nunca abandona a los que confían en Él.
El texto de Deuteronomio resume esta verdad con una claridad contundente: “Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman.“
Pero aquí hay algo más: este pasaje no solo habla de quién es Dios; también nos llama a conocerlo. A entender, a recordar, que Él es fiel. Y a lo largo de las Escrituras, encontramos ejemplos claros de cómo Su fidelidad se manifestó en diferentes generaciones.
Veamos tres momentos clave en la historia bíblica que reflejan esta fidelidad: Su llamado a Abraham, Su liberación de Israel, y Su cumplimiento de la promesa del Mesías.
a. Su llamado a Abraham: fidelidad de Dios al pacto
Dios llamó a Abraham con una promesa extraordinaria: “Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición.” (Génesis 12:2)
Abraham vivía en Ur de los caldeos, una ciudad avanzada pero sumida en idolatría. Dios le pidió algo que, humanamente, parecía imposible: dejar su tierra, su familia, y todo lo que conocía para seguir una promesa incierta. Pero Abraham obedeció, creyendo que Dios era fiel para cumplir Su palabra.
Lo interesante es que Abraham no vio el cumplimiento total de la promesa en su vida. Sí, tuvo a Isaac, el hijo de la promesa, pero las naciones y la tierra prometida parecían un sueño lejano. Sin embargo, Hebreos 11:13 nos dice: “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos y creyéndolo.“
¿Qué nos enseña esto? Que la fidelidad de Dios no siempre se manifiesta de inmediato. A veces, Sus promesas trascienden nuestra vida, extendiéndose a las generaciones futuras. Pero Su fidelidad permanece constante, cumpliéndose en Su tiempo perfecto.
b. La liberación de Israel: fidelidad de Dios en la redención
Uno de los actos más poderosos de la fidelidad de Dios se ve en la liberación de Israel de Egipto. Durante siglos, el pueblo clamó por liberación, y parecía que Dios había olvidado Su pacto con Abraham. Pero en Éxodo 2:24, encontramos una declaración asombrosa: “Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob.“
Dios levantó a Moisés como libertador y, a través de grandes milagros, sacó a Su pueblo de la esclavitud. Éxodo 12:41 nos dice que la salida de Israel ocurrió exactamente 430 años después de que comenzaron su estadía en Egipto. No fue un día antes ni un día después. Dios cumplió Su promesa con precisión perfecta.
Sin embargo, el camino hacia la libertad no fue fácil. En el desierto, el pueblo enfrentó hambre, sed, y desafíos que pusieron a prueba su fe. En muchos momentos, dudaron de la fidelidad de Dios. Pero Él nunca dejó de proveer:
- Maná del cielo para su sustento (Éxodo 16).
- Agua de la roca para calmar su sed (Éxodo 17:6).
- Una nube y una columna de fuego para guiarlos (Éxodo 13:21).
¿Qué nos enseña esto? Que la fidelidad de Dios no depende de nuestra fidelidad. Incluso cuando Israel dudaba y fallaba, Dios seguía siendo fiel a Su pacto. Como dice 2 Timoteo 2:13: “Si fuéremos infieles, Él permanece fiel; Él no puede negarse a sí mismo.“
c. El cumplimiento del Mesías: fidelidad de Dios al plan eterno
La promesa del Mesías fue el punto culminante de la fidelidad de Dios en la historia de Su pueblo. Desde el Edén, cuando Dios prometió que la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15), hasta el nacimiento de Cristo, cada paso de la historia apuntaba hacia este momento.
Gálatas 4:4 lo describe así: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley.“
Jesucristo fue la prueba máxima de la fidelidad de Dios. En Su vida, muerte, y resurrección, cumplió todas las promesas del Antiguo Testamento, asegurando redención para Su pueblo. Como dice 2 Corintios 1:20: “Porque todas las promesas de Dios son en Él sí, y en Él amén.“
Pensemos en esto: los profetas esperaron al Mesías durante siglos. Muchos murieron sin ver Su llegada, pero confiaron en que Dios sería fiel. Y cuando finalmente vino, Su fidelidad fue evidente no solo en Su llegada, sino también en Su sacrificio: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Juan 3:16)
La fidelidad de Dios en la historia de Su pueblo nos da confianza de que Él cumple lo que promete. Pero Su fidelidad no se limita a los eventos del pasado. Ahora veremos cómo Su fidelidad impacta nuestra vida personal, sosteniéndonos en nuestras luchas y transformándonos para Su gloria.
III. La fidelidad de Dios en nuestra vida personal
La fidelidad de Dios no es solo algo que vemos en la creación o en los eventos históricos de la Biblia. Es algo que vivimos personalmente. Es algo que toca nuestras luchas más profundas, nuestros momentos de mayor necesidad, y nuestro proceso de transformación. Como dice Lamentaciones: “Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.” (Lamentaciones 3:23)
¿No es eso increíble? Cada mañana trae un recordatorio fresco de que Dios sigue siendo fiel. Incluso cuando nuestras fuerzas flaquean, Él nunca cambia. Pero, ¿cómo experimentamos esta fidelidad en la vida diaria? Pensemos en tres maneras en las que Su fidelidad impacta nuestra vida personal: en nuestras pruebas, en nuestras necesidades, y en cómo Él nos transforma.
a. La Fidelidad de Dios en nuestras pruebas
Todos enfrentamos pruebas. Algunas llegan como una tormenta repentina, otras como una lucha larga y desgastante. Tal vez te has preguntado: “¿Hasta cuándo, Señor?” Es natural sentirse así. Incluso los héroes de la fe enfrentaron esos momentos. Pero aquí está la verdad: Dios nunca nos deja solos en nuestras pruebas.
En 1 Corintios 10:13, Pablo nos recuerda: “Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.“
Esto no significa que las pruebas serán fáciles. Pero sí significa que Dios está presente, sosteniéndonos y mostrándonos una salida. Pensemos en Job. Perdió a sus hijos, su salud, y todo lo que tenía. En su desesperación, llegó a maldecir el día de su nacimiento, pero nunca maldijo a Dios. ¿Por qué? Porque confiaba en que Dios era fiel, incluso en medio de su sufrimiento. Al final, Dios restauró su vida y le dio el doble de lo que había perdido (Job 42:10).
¿Qué podemos aprender de esto? Que las pruebas nunca son el final de la historia. Recordemos siempre que Romanos 8:28 se nos asegura que Dios puede usar incluso los momentos más difíciles para nuestro bien. Y, si somos honestos, ¿cuántas veces hemos visto esto en nuestras propias vidas? Tal vez, en un momento de pérdida o fracaso, Dios abrió una puerta que nunca habríamos imaginado. Él es fiel, incluso cuando no lo entendemos.
b. La Fidelidad de Dios en nuestras necesidades
El Señor nos enseñó a orar: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mateo 6:11). Estas palabras nos recuerdan que Dios no solo está interesado en nuestras necesidades espirituales; también cuida de nuestras necesidades físicas.
Pensemos en la viuda de Sarepta. Todo lo que tenía era un poco de harina y aceite, suficiente para preparar una última comida antes de morir. Pero cuando obedeció al llamado de Dios a través del profeta Elías, su provisión nunca se agotó. 1 Reyes 17:16 dice: “La harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó.” ¿No hemos visto esto también en nuestras vidas? Tal vez fue un momento en que no sabías cómo pagar las cuentas, pero Dios proveyó. Tal vez fue un diagnóstico médico, y aunque no entendías el plan, Dios te sostuvo.
c. La Fidelidad de Dios en nuestra transformación
La fidelidad de Dios no se limita a lo externo. También trabaja en lo más profundo de nosotros. Como dice Pablo en Filipenses 1:6: “El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.“
Esto es clave: Dios no se cansa de nosotros. A veces, sentimos que fallamos demasiado o que nunca cambiaremos, pero Su fidelidad nos asegura que Él no abandonará la obra que ha comenzado.
Pensemos en Pedro. Negó a Jesús tres veces, un fracaso público y personal que podría haberlo destruido. Pero Jesús no lo abandonó. En lugar de condenarlo, lo restauró: “Apacienta mis ovejas.” (Juan 21:17) Pedro pasó de ser un hombre inseguro a ser un líder valiente de la iglesia. Y si Dios pudo transformar a Pedro, ¿qué no puede hacer en tu vida?
La fidelidad de Dios en nuestra vida personal es una fuente de esperanza y fortaleza. Pero no termina allí. Su fidelidad nos llama a vivir en respuesta: una vida marcada por confianza, obediencia, y gratitud. Ahora veremos cómo podemos responder al Dios que nunca falla.
IV. Nuestra respuesta a la fidelidad de Dios
“Confía en Jehová, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad. Deléitate asimismo en Jehová, y Él te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda a Jehová tu camino, y confía en Él; y Él hará.” Salmo 37:3-5
La fidelidad de Dios, tan constante y personal, no puede dejarnos indiferentes. Cada vez que experimentamos Su cuidado y Su amor, somos llamados a responder. Y esta respuesta no es una carga, sino un privilegio: confiar en Él, obedecer Su voluntad, y vivir con gratitud.
Pensemos en esto: cuando alguien en nuestra vida demuestra ser fiel —un amigo que nos escucha sin juzgar, un padre que nunca abandona a su hijo—, naturalmente queremos confiar más en esa persona, seguir su ejemplo, y mostrar nuestra gratitud. Así debe ser con Dios. Su fidelidad nos invita a responder de una manera que transforme cómo vivimos y cómo vemos el mundo.
Veamos tres maneras concretas de responder a la fidelidad de Dios.
a. Confiar en Dios con todo nuestro ser
La confianza en Dios no es un acto superficial; es una entrega completa. Pero seamos sinceros: confiar en Dios no siempre es fácil. Hay momentos en los que nuestra visión está nublada por la incertidumbre, el dolor, o el miedo. Nos preguntamos: “¿Realmente puedo confiar en que Dios tiene el control?”
El Salmo 37:5 nos da un mandato claro: “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en Él; y Él hará.” Esto implica más que una declaración verbal. Es un llamado a soltar nuestras ansiedades, nuestras estrategias, y nuestros temores, y rendirlos al cuidado de Dios.
Pensemos en Abraham. Dios le pidió que sacrificara a Isaac, el hijo de la promesa. Humanamente, esto parecía una contradicción: ¿Cómo podía Dios cumplir Su promesa de darle una descendencia numerosa si le pedía entregar a su hijo? Pero Abraham confió. Hebreos 11:19 dice que Abraham creía que Dios era capaz de resucitar a Isaac.
Ahora, traslademos esto a nuestras vidas. Tal vez te enfrentas a un diagnóstico médico aterrador. O quizás has perdido un trabajo y te preguntas cómo Dios proveerá. La invitación de Dios es clara: confía en Él. No necesitas ver el final del camino; necesitas confiar en el carácter del que lo ha trazado.
b. Obedecer a dios en cada área de nuestra vida
La confianza en Dios no puede quedarse en palabras; debe traducirse en acción. Obedecer a Dios es una expresión tangible de nuestra fe. Pero seamos honestos: obedecer no siempre es fácil. A veces, implica sacrificar algo que valoramos o caminar en una dirección que no entendemos. Jesús lo dijo claramente en Juan 14:15: “Si me amáis, guardad mis mandamientos.“
Consideremos a Noé. Dios le pidió que construyera un arca en un tiempo donde nunca había llovido. Para los ojos humanos, su obediencia parecía absurda. ¿Qué clase de persona construiría un barco gigantesco en tierra seca? Pero Noé confió en Dios y actuó. Génesis 6:22 dice: “Y lo hizo así Noé; hizo conforme a todo lo que Dios le mandó.“
Piensa en lo que esta obediencia podría significar para nosotros hoy. Tal vez sea perdonar a alguien que nos lastimó profundamente, aunque sintamos que no lo merece. Tal vez sea dar generosamente, incluso cuando los números en nuestra cuenta bancaria nos dicen que no es posible. O quizás sea obedecer un llamado que Dios ha puesto en tu corazón, aunque parezca que no tiene sentido.
Cada acto de obediencia es una declaración de confianza en la fidelidad de Dios. Nos recuerda que Él no nos pide nada sin propósito y que Su plan siempre es mejor que el nuestro.
c. Vivir con gratitud hacia Dios
Finalmente, nuestra respuesta a la fidelidad de Dios debe estar marcada por la gratitud. Pero, ¿qué significa esto realmente? La gratitud no es solo decir “gracias.” Es una actitud del corazón que reconoce a Dios en cada detalle de nuestra vida.
1 Tesalonicenses 5:18 nos llama a algo desafiante: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.” ¿En todo? Sí, incluso en los momentos difíciles. La gratitud no siempre se basa en lo que sentimos; se basa en lo que sabemos acerca de Dios. Cuando damos gracias, declaramos que creemos en Su bondad y en Su fidelidad, incluso cuando no entendemos Su plan.
Pensemos en los diez leprosos de Lucas 17:11-19. Jesús los sanó a todos, pero solo uno regresó para darle gracias. Jesús lo notó y preguntó: “¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?” Este hombre entendió que su sanidad no era algo que pudiera darse por sentado. Su gratitud lo distinguió de los demás.
En nuestras vidas, la gratitud puede transformar nuestra perspectiva. En lugar de enfocarnos en lo que falta, comenzamos a ver las muchas maneras en que Dios ha sido fiel. Tal vez no entendemos por qué enfrentamos ciertos desafíos, pero podemos mirar hacia atrás y reconocer cómo Dios nos ha sostenido hasta ahora.
Nuestra respuesta a la fidelidad de Dios no solo transforma nuestras vidas, sino que también impacta a quienes nos rodean. Cuando vivimos con confianza, obediencia, y gratitud, reflejamos el carácter de Dios al mundo. Ahora consideremos cómo podemos ser instrumentos de Su fidelidad en la vida de los demás.
V. Reflejando la fidelidad de Dios al mundo
La fidelidad de Dios no solo nos transforma; nos llama a transformar el mundo que nos rodea. Cuando experimentamos Su fidelidad, somos llamados a reflejar Su carácter, para que otros puedan ver quién es Él.
Pensemos en la luz que Jesús describe en Mateo 5:14-16. Una luz no es para esconderse; su propósito es brillar, iluminar, y dar esperanza. Así debe ser nuestra vida. Reflejar la fidelidad de Dios significa vivir de una manera que impacte a los demás, en nuestras relaciones, en nuestra comunidad, y al compartir el evangelio. Veamos tres maneras en las que podemos ser instrumentos de Su fidelidad.
a. Mostrando fidelidad de Dios en nuestras relaciones
Dios nos llama a ser personas fieles en nuestras relaciones: amigos leales, padres amorosos, y creyentes que edifican a otros en amor. Pero seamos honestos: ser fiel en nuestras relaciones no siempre es fácil. A veces, las heridas y las diferencias parecen insuperables.
Aquí es donde debemos recordar la fidelidad de Dios hacia nosotros. En Efesios 4:32, Pablo nos exhorta: “Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.“
Consideremos la relación de Jonatán con David. Jonatán tenía todo el derecho de ser celoso: como hijo del rey Saúl, él era el heredero legítimo al trono de Israel. Sin embargo, Jonatán reconoció que Dios había escogido a David, y en lugar de verlo como un rival, lo amó como a un hermano. 1 Samuel 18:3 dice:
“E hizo Jonatán pacto con David, porque le amaba como a sí mismo.“
Jonatán mostró fidelidad a David, incluso cuando esto lo puso en peligro frente a su propio padre. Esta lealtad refleja la fidelidad de Dios: una fidelidad que se mantiene firme aun cuando es difícil o incluso arriesgado. En nuestras vidas, reflejar esta fidelidad podría significar elegir apoyar a alguien en lugar de competir con ellos, o permanecer leales a un amigo en tiempos difíciles. Cada acto de fidelidad en nuestras relaciones refleja el amor inquebrantable de Dios.
b. Llevando esperanza a nuestra comunidad
Vivimos en un mundo lleno de sufrimiento, donde muchos se sienten olvidados o abandonados. Nuestra respuesta como creyentes debe ser clara: llevar esperanza. Esto no significa resolver todos los problemas, pero sí estar presentes, ofreciendo lo que tenemos para reflejar la fidelidad de Dios. Proverbios 3:27 nos instruye: “No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieres poder para hacerlo.“
Pensemos en los desastres naturales que han ocurrido recientemente, como los terremotos en Turquía y Siria. En medio de la devastación, cristianos de todo el mundo respondieron con oración, apoyo financiero, y trabajo voluntario. Un informe reciente destacó la historia de una mujer en Turquía que, al recibir ayuda de un grupo cristiano, dijo: “Pensé que Dios se había olvidado de nosotros, pero ustedes me hicieron sentir que Él aún se preocupa.”
¿No es esto un reflejo poderoso de la fidelidad de Dios? Cada acto de bondad, por pequeño que sea, tiene el potencial de recordarle a alguien que Dios no los ha olvidado.
c. Proclamando la fidelidad de dios al compartir el evangelio
La forma más importante de reflejar la fidelidad de Dios es proclamando Su verdad. En un mundo lleno de incertidumbre, el mensaje del evangelio es la mayor esperanza que podemos ofrecer. Pero seamos realistas: hablar de nuestra fe no siempre es fácil. Tal vez tememos ser rechazados o no sabemos cómo empezar. Sin embargo, Dios no nos pide que hagamos esto en nuestras propias fuerzas. En 2 Corintios 5:20, Pablo nos recuerda: “Somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros.“
Pensemos en los discípulos. Antes de la resurrección, estaban escondidos por miedo, pero cuando experimentaron la fidelidad de Dios en Jesús resucitado, su miedo se convirtió en valentía. Ellos entendieron que el evangelio no era solo un mensaje; era el poder de Dios para transformar vidas.
Hoy, compartir el evangelio puede significar algo tan sencillo como invitar a alguien a la iglesia, orar por un amigo en necesidad, o contar cómo Dios ha sido fiel en tu propia vida. No se trata de hacerlo perfecto; se trata de ser sincero y dejar que Dios haga el resto.
Conclusion
La fidelidad de Dios, nuestra ancla segura
Al comenzar, recordamos la historia del niño bajo los escombros en Turquía, sostenido durante 192 horas por una figura misteriosa que lo alimentó y luego desapareció. Aunque no podemos saber con certeza qué o quién fue, una cosa es clara: en medio de la devastación y la incertidumbre, la fidelidad de Dios brilló como una luz en la oscuridad.
Este mismo Dios, que es fiel en los momentos más críticos, está presente también en nuestras vidas cotidianas. Nos ha mostrado Su fidelidad a través de la creación que nos rodea, las historias de Su pueblo a lo largo de las Escrituras, y las innumerables maneras en que Él ha obrado personalmente en nuestras vidas. Pero Su fidelidad no termina allí. Nos invita, incluso nos desafía, a confiar, a obedecer, y a vivir con gratitud como reflejo de quién es Él.
El Salmo 89:8 lo expresa de manera hermosa: “¿Quién como tú, oh Jehová, Dios de los ejércitos, poderoso eres, Jehová, y tu fidelidad te rodea?“
Esta verdad no es solo poesía; es una ancla firme. Porque si Dios es fiel en las cosas grandes —el sustento del universo, la liberación de Su pueblo, y la obra redentora de Cristo—, ¿cómo no será fiel en los detalles de nuestra vida?
Cuando enfrentamos incertidumbre, como el niño bajo los escombros, podemos recordar que no estamos solos. Dios está con nosotros, guiándonos y sosteniéndonos, incluso cuando no vemos la salida. Y cuando otros miran nuestras vidas, que vean una luz que los conduzca al Señor. Como dijo el Señor en Mateo 5:16:
“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.“
El desafío final
La fidelidad de Dios nunca cambia, pero nos invita a responder. Tal vez hoy sea el momento de confiarle esa preocupación que te pesa, de dar un paso de obediencia que has estado postergando, o de compartir cómo Él ha sido fiel en tu vida. Su fidelidad es el ancla que nos sostiene en las tormentas, pero también el faro que nos guía hacia Su propósito eterno.
¿Estás dispuesto a responder a Su fidelidad?
Oración
“Señor, gracias por Tu fidelidad, que nunca falla ni depende de nuestras circunstancias. Hoy rendimos nuestras preocupaciones, nuestras dudas, y nuestras vidas a Ti. Ayúdanos a vivir reflejando Tu fidelidad al mundo, siendo luz en medio de la oscuridad. En el nombre de Jesús, amén.”
© José R. Hernández. Todos los derechos reservados.
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