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Curiosidades de la Ruta de la Seda – El rincón de Sele

Autor: Sele

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Un puente entre Oriente y Occidente atravesado por un miles de años, incontables senderos, ciudades míticas y grandes historias. La Ruta de la seda siempre fue mucho más que un mero corredor comercial. Por esta red de caminos, los mercaderes no sólo portaban sedas, lacados, porcelana, piedras preciosas o especias. En sus alforjas guardaban, quizás sin ser conscientes, un semillero de ideas, religiones e innovación. El saber viajaba también a camello, dejando atrás montañas de cimas imposibles y desiertos cargados de peligrosidad como Taklamakán. Vislumbrando urbes magníficas como Xi’an, Samarkanda, Merv, Bagdad o Constantinopla. Superando obstáculos y asaltantes pero, también,  conectando imperios para moldear un mundo tendente a la globalización desde hace más tiempo de lo que imaginamos.

Samarkanda fue una de las principales ciudades de la ruta de la seda

Más allá de un evidente impacto histórico, comercial y cultural, la Ruta de la Seda esconde un sinfín de curiosidades fascinantes así como hechos verídicos que, en ocasiones, se desconocen en torno a esta vía de comunicaciones. Cuestiones sobre su nacimiento y declive, historias de espionaje, ciudades perdidas, peligros y esa necesidad tan inherente al ser humano, y muy hermosa, de desear conocer al otro.

NOTA: Estoy en estos momentos viajando a Kazajistán. Y en el 2026 proseguiré la ruta por Turkmenistán y Uzbekistán. ¿Me acompañas en un viaje de autor? CONTACTA CONMIGO.

LA RUTA DE LA SEDA: Historias, secretos y curiosidades fascinantes

Si cierro los ojos y traslado mi mente a la Ruta de la Seda, imagino con nitidez una larga caravana de camellos avanzando con lentitud por las dunas de un desierto inclemente. Van cargados hasta arriba de sedas con motivos exóticos, joyas y otros tesoros. En aquel reguero polvoriento, se va escapando el aroma de las especias traídas de lugares muy lejanos, tanto que, incluso los propios mercaderes, desconocen su origen de procedencia. Son gentes venidas de China, India y Persia soñando con pisar Samarkanda o, al menos, poder descansar en el próximo caravasar. A todos ellos nadie les recordará por su nombre y seguro que, jamás sabrán que son parte fundamental del mayor y más largo intercambio comercial y cultural de la Historia de la Humanidad, algo tan grande capaz de modificar incluso el destino de un mundo interconectado.

Caravana de camellos de la ruta de la seda

Son muchas las certezas que se tienen de este camino de caminos, pero no pocos los detalles menos conocidos capaces de revelar el verdadero espíritu de esta histórica travesía. Te animo a continuar leyendo para descubrir ciertas particularidades de la Ruta de la seda. Para ello me encomiendo en Marco Polo, González de Clavijo y otros muchos pioneros, quienes seguro nos aportarán la luz suficiente para rebuscar en los senderos menos iluminados dentro de este viaje de viajes.

Detalle de la Plaza del Registán de Samarkanda

1. UNA RUTA MÁS ANTIGUA DE LO QUE SE CREÍA

Si bien los intercambios comerciales entre los pueblos nómadas de Asia Central y las fronteras de China se remontan a miles de años atrás, tal como nos muestran numerosos hallazgos arqueológicos, un punto de inflexión evidente tuvo lugar en el siglo II antes de Cristo a través de un hombre clave, Zhang Qian. Este explorador y diplomático chino fue enviado en el año 138 a.C. en misión por el emperador Han Wudi con el objeto de establecer alianzas con otros pueblos de Asia Central. Fue hecho prisionero al poco de salir durante más de diez años por las hordas xiongnu, quienes ocupaban buena parte de las estepas Mongolia y la actual Manchuria y por los cuales los chinos habían levantado la Gran Muralla. Pero el bueno de Zhang Qian pudo escapar, proseguir su misión para dialogar con distintos grupos étnicos de reinos lejanos y regresar a China con una información realmente valiosa sobre productos desconocidos con los que merecería la pena comerciar. Entre ellos, los caballos del valle de Ferganá en Reino de Dayuan (actualmente este territorio forma parte del territorio de Uzbekistán), los cuales permitirían al emperador armar una caballería poderosa y eficaz contra las incursiones de los xiongnu, quienes mantenían en constante jaque al Imperio. Se considera que dicha expedición sentó ciertas bases dentro de una red creciente de rutas comerciales que acercarían, de un modo u otro, a China al corazón de Asia, a India, Persia y al otro lado del Bósforo.

Caravana de camellos en la ruta de la seda

Por otro lado, los romanos, quienes dicen que se quedaron prendados de la vistosidad de los estandartes de seda que los partos enarbolaban en sus batallas, impulsaron el comercio desde el Mediterráneo Oriental con intermediarios tanto partos como persas quienes, a su vez, conseguían este valioso producto procedente de China. Es decir, el motor de la Ruta de la Seda ya llevaba siglos engrasado, mucho antes de que el célebre Marco Polo narrara sus viajes a Catay (China) desde Venecia en unos escritos cuya pretensión era servir de guías a otros mercaderes.

Paraje de la ruta de la seda en Persia (Irán)

2. EL MUNDO NO TOMÓ CONCIENCIA DE LA EXISTENCIA DE LA RUTA DE LA SEDA HASTA EL SIGLO XIX

Aunque la red de caminos comerciales entre China, Asia Central, Oriente Medio y Europa llevaba miles de años funcionando, el término de «Ruta de la seda» no fue acuñado hasta el último tercio del siglo XIX. El barón y geógrafo alemán, Ferdinand von Richtofen, utilizó en 1877 esta expresión por primera vez para describir una vasta red de rutas comerciales donde se produjo durante siglos el intercambio de bienes, así como saberes, entre los extremos de Oriente y Occidente. Llegó para levantar una red de ferrocarriles que comunicaran China con otros países al oeste y se quedó prendado de las historias los comerciantes para después explicar de forma somera lo que definiría como Seidenstraße o, lo que es lo mismo, la Ruta de la seda.

Hombres en una ciudad de Asia Central (Ruta de la seda)

3. ¿LA RUTA DE LA SEDA Ó LOS CAMINOS DE LA SEDA?

Cuando se menciona o se habla de la Ruta de la seda se tiende a imaginar un recorrido único entre la vieja Constantinopla (Estambul en Turquía) y la ciudad de Chang’an (Xi’an, en China). Se suele colocar una línea bidireccional que atraviesa Asia Central tocando ciudades como Antioquía, Bagdad, Merv, Samarkanda, Bukhara, Khiva, Kashgar o Dunhuang y muchas otras a lo largo de más de ocho mil kilómetros. Pero, aunque el término «Ruta de la Seda» sea el más popularizado, el concepto de «Los Caminos de la Seda» quizás refleje mejor la diversidad de trayectos que permitieron el intercambio comercial y cultural entre Oriente y Occidente a lo largo de los siglos. Pues fueron muchos los caminos y variantes, en función de los puntos de origen y destino, del tipo de mercaderías que se trasladaran, a veces con Europa oriental como inicio o final pero también con otros pueblos de otros continentes. África norte y este, la península arábiga, la isla de Socotra, Yemen, India, Tíbet, Birmania… En realidad había multitud de ramales, de recorridos que se iban modificando a lo largo de los siglos en función de que aparecieran nuevos productos, el nacimiento y declive de imperios y ciudades e incluso cambios en el clima que podían afectar al curso de los ríos (los cuales podían menguar o variar su trazado) o a desertificar una región antes fértil.

Poi Kalon de Bukhara (Uzbekistán)

Eva Tobalina, historiadora y autora del que probablemente sea el mejor libro del tema, «Los caminos de la seda: La historia del encuentro entre Oriente y Occidente», pone énfasis precisamente en que la denominación «Ruta de la Seda» puede resultar engañosa, ya que sugiere un único camino lineal cuando, en realidad, se trataba de una compleja red de rutas que conectaban diversas civilizaciones a lo largo de miles de kilómetros. De ahí que existiesen diferentes recorridos, como el norte, desde China, pasando por el desierto del Taklamakán, Samarkanda o Bukhara, por ejemplo, hasta Persia y el Mediterráneo. La ruta del sur, que conectaba China y el Sudeste asiático pasando por la antigua Birmania. La de las estepas, a través de Mongolia y Siberia, utilizada por pueblos nómadas y comerciantes. La africana, con territorios como Egipto, Etiopía y buena parte de la costa suajili. Por no hablar de las rutas marítimas desde China, a través del Mar de China Meridional, el Océano Índico y el Golfo Pérsico, llegando tanto a Arabia como a África del Este, conectándolo a su vez con Europa a través de Constantinopla y Venecia. Y no me olvido de los muy diferentes tramos desde el subcontinente indio atravesando Cachemira, Ladakh y los Himalayas con la posición esencial de un país como Afganistán, nudo de comunicaciones (y religiones) sin el cual tampoco se entendería la Historia de la Ruta de la seda.

Leh en Ladakh fue uno de los nudos de comunicaciones de la ruta de la seda desde India

4. ¿MUCHOS MERCADERES CUBRÍAN LA RUTA COMPLETA?

A pesar de que sí contamos con testimonios de comerciantes y viajeros quienes cubrieron todas las etapas hasta o desde China (buenos ejemplos son Marco Polo o Ibn Battuta en su penúltimo viaje), cabe recalcar que la inmensa mayoría de los mercaderes no recorrían toda la Ruta de la Seda, sino que ejercían su labor en tramos específicos, intercambiando productos con otros comerciantes en distintos puntos clave. Esto se debe a múltiples razones pero, sobre todo una, la de la rentabilidad. Llevar a cabo un viaje completo hasta el extremo opuesto conllevaba meses o años de travesía, enfrentarse a numerosos peligros, a unas condiciones climatológicas y geográficas extremadamente complicadas (atravesar desiertos como el Taklamakán o el Karakum, el nudo del Pamir, las altas montañas del Himalaya y las llanuras de Asia Central representaban enormes desafíos). Resultaba más rentable y eficaz poder participar en una especie de cadena de intercambios, donde los productos sí viajaban grandes distancias, pero siempre cambiando de manos en numerosas ocasiones antes de llegar a su destino final. De ahí que, incluso, muchas veces los propios mercaderes o compradores llegaban a desconocer el origen de los productos que adquirían o intercambiaban. Además, los mejores comerciantes eran quienes se especializaban en rutas específicas y productos determinados, sabían dónde conseguirlos, con quienes podían tratar y, de ese modo, agilizar un proceso que, de otro modo, sería muy largo y bastante menos provechoso.

Camellos bactrianos en Ladakh (Ruta de la seda)

5. MUCHO MÁS QUE SEDA…

La seda, quizás, constituía uno de los productos de lujo más codiciados durante siglos, razón por la que el ya mencionado von Richtofen sacó a la palestra por primera vez el concepto de Ruta de la seda. Pero, en realidad, durante un larguísimo periodo se movían en los muchos tramos de la ruta una enorme variedad de mercancías procedentes de diferentes regiones de Europa, Asia y África. Sólo por mencionar algunos habría que destacar el papel, tanto de China como de Samarkanda, de mucha más calidad. O la pólvora, que transformaría las guerras para siempre. También la porcelana china o el té de Yunnan, los caballos «celestes» de Ferganá, el vidrio, las alfombras, el vino, textiles como la lana, los apreciados objetos lacados o el jade y las gemas.  Y, cómo no, las especias aromáticas, los perfumes y el incienso procedente de la isla de Socotra o del cuerno de África. De hecho, el incienso tenía su propia ruta, pues era tan demandado junto a la mirra, que en ocasiones su valor superaba al del oro. Productos que traían los navegantes a las costas del sur de Yemen para subirlos por toda la península arábiga (no os perdáis el libro «Los árabes del mar» de Jordi Esteve así como, por supuesto, su otra obra maestra, «La isla de los genios»). Los nabateos, los mismos que modelaron en roca arenisca ciudades milenarias como Petra en Jordania o Hegra en Arabia Saudí fueron, por ejemplo, una civilización muy rica gracias al control del comercio del incienso, que viajaba a Egipto, Bizancio, Grecia o Roma donde tenían una elevadísima demanda.

Pueblo de los Himalayas

Tampoco se suele mencionar demasiado otro «producto» como es el de los esclavos. Gentes de numerosos pueblos de Europa, Asia y África capturadas, vendidas y trasladadas a lo largo de distintos tramos de la ruta, donde se disponían de grandes mercados de seres humanos. Muy conocidos por entonces eran los de Bukhara y Khiva, a los que para llegar había que atravesar unas condiciones lamentables y muchos de los cautivos no llegaban a sobrevivir. Práctica bastante extendida durante siglos, incluso hasta entrado el siglo XX.

Khiva (Jiva) fue uno de los principales mercados de Asia Central y de la Ruta de la Seda

Aunque, sin duda, el conocimiento fue uno de los bienes más valiosos que circuló por la Ruta de la Seda, tanto o más que los objetos físicos en sí. Nunca fue un simple intercambio de mercancías. Lo que se vivió, en realidad, fue una ruta convertida en un vasto canal de difusión de ideas, tecnología y saberes entre civilizaciones. Elementos esenciales para las ciencias, las matemáticas, las innovaciones tecnológicas, nuevos cultivos y prácticas de conservación de alimentos. Un sinfín de sabiduría que se movió por los caminos de la seda y permitió grandes avances en todo el mundo.

Mercaderes en la ruta de la seda

6. LOS ESPÍAS DE LA RUTA DE LA SEDA.

La manera de producir la seda llegó a ser secreto de estado. En la China imperial se penaba con la muerte el más mínimo atisbo de revelar su origen o a quienes osaran sacar huevos de gusanos del país, pues en ningún otro lugar se conocía el proceso de fabricación de estos suaves tejidos. En la Antigua Roma pensaban que se obtenía de la madera de algún árbol del Lejano Oriente, mientras que en otras regiones de Asia hablaban de magia, de pócimas elaboradas por chamanes, arañas gigantescas así como procesos variopintos que nada tenían que ver con la realidad. Un secretismo mantenido durante siglos en los que China obtuvo grandes réditos y productos, sobre todo los ansiados caballos de Ferganá.

Gusano de seda en hoja de morera

Pero el monopolio de la seda tendría un final de película. Allá por el siglo VI después de Cristo se cuenta que el emperador Justiniano I de Bizancio mandó enviar al corazón de Asia a dos monjes espías para que trataran de hacerse con «la fórmula secreta» y poder producir este cotizado material. Durante un largo peregrinaje por supuestos motivos pastorales llegaron a hacerse con huevos de gusano, los cuales ocultaron en bastones elaborados con cañas de bambú, presentándose de nuevo en Constantinopla desvelando un misterio guardado a cal y canto durante muchísimo tiempo. Aquella hazaña digna de novela de Umberto Eco, convirtió al Imperio Romano de Oriente en nuevo productor de seda. Si bien, por alguna razón, nunca llegaron a tener la calidad de las sedas chinas, quizás porque además de la materia prima y la fórmula, se les quedó algo en el tintero.

Mujeres con telares de seda en China

7. VIAJEROS Y VIAJERAS CÉLEBRES EN LA RUTA DE LA SEDA.

Fueron muchas las personas quienes transitaron por los caminos de la seda a lo largo del tiempo. Diplomáticos en misión especial, mercaderes y tratantes, siervos y un sinfín de buscavidas utilizaron estos senderos que servían para unir civilizaciones a través del comercio. Camelleros, acompañantes, soldados, religiosos en busca de expandir sus creencias, espías, ladrones de poca (o mucha) monta esperando su momento y un largo etcétera. Un reguero de personas anónimas en su mayoría, miembros activos de una ruta legendaria. Pero hubo algunas personalidades que no sólo llevaron a cabo un gran viaje siguiendo esas líneas imaginarias con las que conectar oriente y occidente sino que, además, reflejaron por escrito mucho de lo que vieron sus ojos. Artífices de crónicas que nos ayudan a entender las particularidades de la Ruta de la seda, los modos de vida de los distintos pueblos, información de sus gobernantes y creencias, así como una descripción somera de cómo eran las ciudades protagonistas en sus itinerarios.

Viajeros en la ruta de la seda

El primero en salir a la palestra cuando se habla de la Ruta de la Seda no es otro que el celebérrimo Marco Polo (1254-1324). Siguió los pasos de su padre y su tío, viajando desde Venecia hasta la corte de Kublai Kan en China y convertirse allí en toda una personalidad. En su obra Il milione (aquí conocida como Los viajes de Marco Polo), describió con asombroso detalle las ciudades, costumbres, mercados y riquezas que encontró en su camino. Y, algunos han dudado de ciertos hechos contados de su relato, el testimonio del veneciano continúa siendo una de las fuentes más ricas sobre el comercio y la vida en Asia en el siglo XIII. Eso sí, jamás pisó la ciudad de Samarkanda, probablemente el nombre más mítico de cuantos se suceden en esta ruta (aunque, sí hace una brevísima descripción, quizás tomada de lo que le contaron su padre y su tío, así como de otros viajeros).

Marco Polo

Otro italiano, aunque misionero y no comerciante, Giovanni da Pian del Carpine (1182-1252), conocido en español como Juan de Pian, viajó bastante antes que Marco Polo al corazón del Imperio Mongol siguiendo la Ruta de la seda. Este monje franciscano con auténticos dotes de espía fue enviado por el Papa Inocencio IV en 1245 con, nada menos, que setenta y tres años de edad. Durante misión encomendada desde la Santa Sede debía establecer contacto con los mongoles y evaluar la amenaza que podían suponer en Europa. Llegaría a Karakórum, la capital del Imperio mongol, asistiendo como invitado incluso a la coronación del Gran Kan Guyuk, nieto del mismísimo Gengis Kan. Para ello atravesaría territorio polaco y ucraniano, cruzaría las estepas del Volga y la actual Kazajistán hasta arribar a su destino. Necesitó dos años desde su salida para regresar y poder escribir «Historia Mongolorum» (Historia de los mongoles), una de las primeras y más detalladas crónicas europeas sobre el Imperio Mongol, con información valiosa sobre sus orígenes, genealogía de los kanes, estructura del Imperio, tácticas militares, religión, cultura, costumbres y dejó muy claro que, en efecto, no parecían muy partidarios de establecer alianzas con los pueblos cristianos y sí suponían una verdadera amenaza para los intereses de los reinos europeos.

Libro de Giovanni di Pian del Carpine

El explorador de origen marroquí Ibn Battuta (1304-1369), considerado entre los viajeros más grandes de la historia, recorrió más de 120.000 kilómetros durante casi 30 años con el objetivo de atravesar el mundo islámico e incluso ir más allá. Aunque sus recorridos no estuvieron enfocados en exclusiva en la Ruta de la seda, sí transitó por muchas de sus principales puntos, por lo que pudo describir al detalle los pueblos, las gentes y costumbres con que se topó a lo largo del camino. Del Magreb al Cáucaso y Persia, Asia Central, India, China y Malasia o Sumatra en la variante marítima de la ruta de la seda fueron algunos de los lugares por donde transitó. Un recorrido por un Islam cada vez más extendido que reflejó en su obra «Rihla» («El viaje»), donde relató en profundidad la diversidad cultural, religiosa y comercial de la Ruta de la Seda. Sin ser ni mercader, ni espía ni diplomático, su testimonio se trata de uno de los documentos más ricos para comprender la vida en las rutas comerciales entre Europa, África y Asia en pleno siglo XIV.

Ruta de Ibn Battuta

Mencionaba anteriormente que Marco Polo no había pisado nunca Samarkanda. Algo que lograría con éxito el castellano Ruy González de Clavijo, mandado en viaje diplomático por el rey Enrique III en el año 1403 para conocer de cerca y mantener relaciones diplomáticas, comerciales (y procurar también las militares ante un enemigo común, el Gran Turco) con la corte del gran Tamerlán, líder del Imperio timúrida que por entonces se extendía desde el Cáucaso y Anatolia hasta la India y buena parte de Oriente Medio y de la propia Asia Central. Este viaje convirtió a Clavijo en uno de los pocos europeos en poder contemplar con sus propios ojos la magnificencia de la capital del Imperio. En sus relatos de viaje dentro de la obra «Embajada a Tamorlán» escrita a su regreso en 1406 describe con gran precisión el esplendor de la corte de Tamerlán (También llamado Amir Timur o Timur «el cojo»), los ricos palacios, mezquitas y jardines de Samarkanda, la multiculturalidad en la ciudad así como apreciaciones sobre las rutas de los mercaderes que se detenían en esta ciudad fundamental para comprender hoy día la famosa Ruta de la seda. Sin duda, las narraciones de Clavijo, fallecido en Madrid en 1412, obsequió a Europa con una de las fuentes de información más valiosas sobre Asia Central en la Edad Media.

Ruy González de Clavijo

Para encontrarnos con el testimonio directo de las mujeres que llevaron a cabo este viaje podemos, incluso, remontarnos a siglos antes. La monja Egeria viajó desde Hispania hasta Egipto y Tierra Santa, dejando un testimonio sobre sus viajes en la «Itinerarium Egeriae», uno de los primeros relatos de viajes escritos por una mujer. Aunque su viaje no se centró en la Ruta de la Seda, pues tenía motivos religiosos, atravesó algunos de los caminos que conectaban Oriente y el norte de África con el mundo mediterráneo.

Ya entrado el siglo XX nos encontramos con la obra «Oasis prohibidos» de Ella Maillart (1903-1997) donde narra sus aventuras en la Ruta de la seda. Y, aunque más enfocada a la región del Tíbet, imprescindible conocer a Alexandra David-Néel (1868-1969), la primera mujer europea en entrar a la ciudad de Lhasa (prohibida durante siglos a los occidentales), a la que llegó siguiendo antiguas rutas comerciales. Lectura obligatoria su libro «Viaje de una parisina a Lhasa», una auténtica joya de la literatura de viajes de una de las mujeres más fascinantes con que nos obsequió el pasado siglo.

Palacio de Potala en Lhasa (Tíbet)

8. MADRID, UN BARRIO DE SAMARKANDA.

Madrid no es solo la capital de España, sino también el curioso nombre de un barrio en Samarkanda, Uzbekistán. Próximo al mausoleo Gur-emir, donde está enterrado el Emperador Tamerlán,, este pequeño distrito debe su nombre a los lazos históricos que unen Asia Central con la vieja Corona de Castilla, sobre todo por la influencia de la figura de Ruy González de Clavijo y su famosa «Embajada a Tamorlán», donde, por escrito, narró como nadie el momento más esplendoroso esta legendaria ciudad.

Placa de la calle dedicada a Ruy González de Clavijo en Samarkanda (Uzbekistán)

De hecho, el propio Clavijo, cuenta con su propia calle, completando el guiño guiño a esa conexión inesperada entre dos mundos aparentemente distantes.

9. EL CARAVASAR, UN ELEMENTO FUNDAMENTAL EN LA RUTA DE LA SEDA.

El caravasar (Caravanserai) se trataba de una pieza clave en la Ruta de la Seda, funcionando como refugio y centro de intercambio para comerciantes, viajeros y sus caravanas. Estas estructuras, diseminadas estratégicamente a lo largo de las rutas comerciales de Asia Central, Persia, Oriente Medio, e incluso en el norte de África, proporcionaban seguridad, descanso y abastecimiento a quienes recorrían largas distancias transportando bienes. Tanto para ellos como para sus animales.

Exterior de un caravasar en Persia

Construidos generalmente en piedra o ladrillo, los caravasares solían tener un diseño rectangular con un gran patio central rodeado de habitaciones y almacenes. Algunos de los más impresionantes incluían establos y bebederos para los animales, baños e incluso pequeñas mezquitas para la oración. Además de ser refugios físicos, estos lugares también desempeñaban un papel fundamental como centros de intercambio cultural y comercial, puestos que allí los mercaderes de diferentes rincones del mundo compartían conocimientos y costumbres. Su importancia fue tal que, en muchas ciudades, los caravasares evolucionaron hasta convertirse en auténticos mercados y núcleos urbanos que incluso hoy día conservan su esencia histórica.

Interior de un caravasar en Irán

En algunos países, sobre todo de Oriente Medio había un caravasar cada treinta kilómetros aproximadamente. Algo que se puede comprobar, por ejemplo, en Persia (Irán).

10. EL DECLIVE DE LA RUTA DE LA SEDA.

No cabe duda de que el debilitamiento en cuanto a importancia y número de viajeros transitando estos caminos entre Oriente y Occidente, si bien se trató de algo debió vivirse de manera gradual, tuvo al florecimiento de las nuevas rutas marítimas como uno de los mayores golpes asestados a la ruta. Un punto de inflexión clave tuvo lugar en el hecho de que los navíos portugueses liderados por Vasco de Gama dejaran por fin atrás el Cabo de Buena Esperanza y pudieran alcanzar India así como otros territorios orientales. Sumado a la llegada de los españoles a América y a la travesía del Galeón de Manila conectando España y, por tanto, Europa, con México y, por último, con Filipinas en Asia, en cuyos puertos abundaban los mercaderes chinos y japoneses.

Las nuevas rutas marítimas apuntillaron a la Ruta de la Seda

Estas rutas marítimas, proporcionaban una alternativa más segura y rápida al comercio terrestre. Españoles, portugueses, holandeses e ingleses, sobre todo, abrieron nuevas rutas comerciales a través del océano Atlántico y el Índico, reduciendo la dependencia gran dependencia existente con la la extensa y costosa red de caravanas que se movían por Asia.

Pero no se trató del único factor clave. Hubo muchos más. Como la inestabilidad política y la fragmentación de los imperios que habían sostenido la Ruta de la Seda y que afectaba a la posibilidad de atravesar sus dominios o el declive e incluso destrucción de ciudades clave. La caída de Constantinopla en 1453 a manos del Imperio Otomano taponó el comercio entre Europa y Asia, encareciendo el acceso a productos orientales traídos por tierra. Al mismo tiempo, la desintegración del Imperio Mongol, que durante siglos había garantizado la seguridad de los comerciantes en vastas regiones de Eurasia, dejó muchas rutas vulnerables a saqueos y conflictos locales, haciendo que el viaje fuera cada vez más peligroso y mucho menos rentable.

Hordas mongolas

Por último, el desarrollo de economías más autosuficientes y la creciente producción local de bienes que antes se importaban desde el Lejano Oriente redujeron la necesidad del comercio a gran escala a través de la Ruta de la Seda. La seda china, por ejemplo, comenzó a ser producida en Europa, y el comercio de especias pasó a estar controlado por rutas marítimas dominadas por los europeos. Para el siglo XVIII, la legendaria Ruta de la Seda había perdido gran parte de su relevancia, dejando tras de sí una huella imborrable en la historia del comercio, la cultura y la interconexión entre civilizaciones.

Imagen de Samarcanda (Uzbekistán)

En la actualidad existe un proyecto en el que participan multitud de países euroasiáticos y que busca revitalizar los antiguos corredores comerciales con modernas infraestructuras de transporte, comercio e inversión, conectando Asia, Europa y África a través de redes ferroviarias, carreteras, puertos y corredores económicos. La nueva ruta de la seda, liderada sobre todo por China, máxima interesada en su puesta en marcha, se trata de un hecho relevante que abre un nuevo capítulo a la interconectividad global.

VIAJAR HOY DÍA A LA RUTA DE LA SEDA

Recorrer uno o varios tramos de la famosa Ruta de la seda puede tratarse de uno de los viajes más magníficos que se pueden hacer. El camino o red de caminos como hilo conductor de un itinerario, sin necesidad de partir de Venecia o Estambul ni llegar a Xi’an en China. Ni de montar en camellos bactrianos o emular la larga travesía de Ruy González de Clavijo. Para ello, sin lugar a dudas, Asia Central es la punta del iceberg de este antiquísimo nudo de comunicaciones.

Plaza del Registán en Samarcanda (Uzbekistán)

En las distintas ediciones de viajes de autor que estoy organizando desde hace años le hacer un guiño a la Ruta de la seda. En estos momentos, por ejemplo, me encuentro en Kazajistán, territorio vastísimo con enclaves fundamentales en la ruta como Turkestán, donde se encuentra el Mausoleo de Khoja Ahmed Yasawi, un importante centro de peregrinación y cultura islámica de arquitectura timúrida. Aquí en la zona, además, eran famosos los mercados que ofrecían productos traídos desde China, Persia y la antigua Bizancio.

Paisaje de Kazajistán

¿Y para el 2026? Entre el 18 y el 30 de mayo de 2026 estamos diseñando un itinerario formidable para viajar a Uzbekistán y Turkmenistán. Visitaremos Samarkanda, Bukhara y Khiva, y atravesaremos la frontera de uno de los países más herméticos del mundo para conocer la antigua Merv, Kunya Urgench, el Pozo del infierno de Darvaza, Asjabad y el cañón de Yangykala. Ya está todo muy avanzado y si quieres ser de las primeras personas en enterarte de este viaje, ponte en contacto conmigo y te contaré más, puesto que las plazas serán muy limitadas.

Sele en Bukhara (Uzbekistán)

Viajar por la Ruta de la Seda es mucho más que recorrer antiguas ciudades, cruzar desiertos y atravesar montañas legendarias; es un viaje en el tiempo, un eco de caravanas perdidas, de mercaderes que hablaban en lenguas distintas pero compartían el mismo anhelo de descubrimiento. Es pisar el polvo de los bazares donde aún resuena el bullicio de los antiguos tratos, seguir las huellas de exploradores que expandieron los confines del mundo conocido y perderse en la inmensidad de las estepas donde la historia se escribió al ritmo de los camellos y los vientos del desierto. Es un viaje que despierta la imaginación, que teje lazos entre pasado y presente, y que nos recuerda que, como los viajeros de antaño, seguimos persiguiendo horizontes y buscando historias que contar.

Bujará es uno de los lugares esenciales para comprender la Ruta de la Seda

Sele

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