Tras la desastrosa actuación de Joe Biden en el debate presidencial previo a las elecciones de 2024 y la subsiguiente lucha dentro del Partido Demócrata para removerlo de la candidatura presidencial, probablemente mucha gente se haya preguntado cómo es posible que un partido tan antiguo y poderoso sea al mismo tiempo tan disfuncional.
La respuesta está en la idiosincrasia histórica de los demócratas y del sistema político estadounidense en su conjunto, como explicó recientemente el politólogo Adam Hilton. Hilton es profesor asociado de política en el Mount Holyoke College y autor de True Blues: The Contentious Transformation of the Democratic Party.
En medio de aquellos días de confusión en la política estadounidense (al menos dentro del Partido Demócrata), conversó con Doug Henwood sobre cómo la historia de esta organización explica en gran medida las desventuras de su presente.
La afirmación de que los partidos son fundamentales para la política está presente tanto marxistas como Antonio Gramsci como en el discurso de casi cualquier politólogo mainstream. ¿Cómo se aplica esto en Estados Unidos? ¿Es el sistema de partidos estadounidense una anomalía mundial?
Sí, en varias dimensiones. El sistema de partidos políticos estadounidense es un caso atípico simplemente por lo estricto de su duopolio bipartidista. Hay muchos otros países comparables, como el Reino Unido o Canadá, que tienen dos partidos predominantes pero, sin embargo, cuentan con importantes partidos minoritarios que ocupan un nivel subnacional de gobierno. En Estados Unidos, el rigor de su sistema bipartidista ha sido bastante profundo, ya se trate de republicanos y demócratas o, si se quiere volver atrás, de whigs y demócratas, e incluso de federalistas y antifederalistas.
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Está relacionado con otro aspecto en el que los partidos estadounidenses son bastante extraños: desde el punto de vista organizativo, son realmente débiles. Es decir, son porosos; en ellos penetran fácilmente fuerzas sociales con respaldo popular y recursos significativos a su disposición, y que por tanto pueden influir en estos partidos en un grado considerable.
Estos dos puntos están relacionados, porque si tienes partidos débiles y eres un movimiento social insurgente, ¿por qué ibas a crear un tercer partido desde cero cuando puedes intervenir directamente en uno de los principales partidos, intentar influir en él y, potencialmente, incluso apoderarte de él?
Esta estructura inusual se remonta en parte a la historia de la aparición del sistema de partidos estadounidense en Europa. Había un sufragio restringido, y los partidos se desarrollaron en ese entorno. Mientras que, en Estados Unidos, los hombres blancos disfrutaron de un amplio acceso al sufragio en el siglo XIX. ¿Cómo explica esto lo que ocurrió con las estructuras de los partidos en los dos continentes?
Los hombres blancos sin propiedades tuvieron desde el principio un enorme acceso al voto. Mientras que en Europa, todo tipo de restricciones fiscales y a la propiedad mantuvieron el sufragio bastante reducido hasta bien entrado el siglo XIX y el XX. El resultado final de todo esto es que, en Estados Unidos, la democracia llegó antes de que los partidos constructores del Estado pudieran utilizar su acceso a los cargos, y los recursos que conllevaba el control de esos cargos (el control de los permisos de trabajo, los fondos que conllevaba el acceso al gobierno federal, a los gobiernos estatales, etcétera).
Básicamente, podían utilizarlos para comprar votos. Surgieron dos grandes coaliciones que competían por utilizar el Estado para atraer a los votantes a su bando y movilizar al otro, mientras intentaban desmovilizar a los electores de sus rivales.
Hagamos un rápido repaso a la historia del Partido Demócrata en el último siglo. Volvamos al New Deal: hay una gran contradicción entre los reformistas progresistas en torno a Franklin D. Roosevelt y los reaccionarios Dixiecrats [N. de la T.: un grupo político de demócratas conservadores del sur que rompieron con el Partido Demócrata en 1948]. ¿Cómo sortearon esas contradicciones en aquella época?
Las sortearon de varias maneras. Una era que había un montón de acuerdos institucionales que aislaban a los demócratas conservadores del sur que, además de ser obviamente racistas virulentos, eran profundamente antisindicales. Esas dos cosas estaban vinculadas de maneras interesantes. Sin embargo, formaban parte de la coalición del New Deal.
Pero debido a la forma en que funcionaban el Congreso y el partido, había todo tipo de mecanismos mediante los cuales los demócratas del sur podían ejercer influencia, casi un control a nivel de veto sobre quiénes serían los nominados del partido y qué tipo de cuestiones se someterían a debate en la Cámara o el Senado. Mediante estos mecanismos, pudieron filtrar cosas de la agenda del New Deal demócrata que percibían como grandes amenazas para la economía política del Sur y el orden racial de Jim Crow.
Dicho esto, también era el partido de la agenda del New Deal y del movimiento obrero, especialmente después de mediados de la década de 1930. Estas dos fuerzas dentro de una coalición singular estaban empeñadas en destruirse mutuamente, sobre todo una vez que quedó claro que los sindicatos estaban intentando avanzar hacia el sur con lo que en aquel momento se llamó la «Operación Dixie», para sindicalizar el sur. En cuanto quedó claro que los demócratas del Sur iban a seguir vetando la ampliación de aspectos del New Deal y el fortalecimiento de los sindicatos, básicamente se creó una coalición electoral dominante que duró treinta años, en la que los dos actores principales estaban enfrentados.
Este acuerdo tuvo al menos dos efectos. En primer lugar, que los demócratas, al carecer de cualquier tipo de estructura de partido coherente, pasaron a depender del poder ejecutivo centralizado, ¿es así?
Sí. El poder institucional de la presidencia que Roosevelt estaba tan interesado en construir fue una forma inteligente de sortear al Partido Demócrata. En un principio había albergado la idea de que podía remodelar el Partido Demócrata a su imagen y semejanza. Roosevelt trató de influir en las elecciones primarias en el sur para conseguir que personas más inclinadas a una visión progresista del New Deal fueran elegidas para las delegaciones del sur en la Cámara o el Senado. Pero fueron en gran medida un fracaso.
Roosevelt básicamente abandonó su proyecto de tratar de transformar el partido como organización y comenzó a construir el ejecutivo como una forma de actuar un poco más unilateralmente, sin el mismo tipo de restricciones.
En lugar de ser un partido coherente en el sentido europeo… En realidad, era más una federación de partidos estatales y maquinarias urbanas. No se parecía en nada a lo que un europeo reconocería como partido.
Exactamente. El Partido Demócrata carecía de lo que hoy se llama «carta», pero que nosotros reconoceríamos como una constitución de partido. Carecía de una estructura nacional como esa. No siempre hubo cincuenta estados, pero si asumimos que hay cincuenta, entonces hay cincuenta partidos. Los partidos demócratas de cada estado estaban federados y se reunían una vez cada cuatro años en la convención. Ese es el órgano soberano. Pero esas personas procedentes de los distintos estados no están vinculadas entre sí ni a ningún órgano agregado que podamos reconocer como partido nacional.
Tampoco hay ningún sentido en el que la gente pueda hacerse miembro de este partido. Puedes contribuir al Comité Nacional Demócrata y obtener una credencial o algo así, pero no eres miembro del partido en ningún sentido significativo.
No, no había miembros que pagaran cuotas. A veces, a instancias de reformistas liberales, se intentaba crear este tipo de cosas: un boletín mensual o una revista semanal. Hoy se harían podcasts o algo así para crear más coherencia. Pero estas iniciativas nunca fueron sostenidas. Siempre fueron ad hoc y, desde luego, no cumplieron sus objetivos.
Las contradicciones de las que hablaba en los años 30 entre el ala progresista y los Dixiecrats persistieron durante los años 50, pero salieron a la luz en los 60 con la guerra de Vietnam y el auge de los movimientos sociales. ¿Qué ocurrió durante esas décadas?
Hay muchos elementos en movimiento, pero intentaré hacerlo lo más manejable posible: el Partido Demócrata contaba con un enorme apoyo, no siempre visible, pero sí con niveles críticos de apoyo por parte de los sindicatos a diversas escalas. El movimiento por los derechos civiles hizo añicos esta alianza. Esto no quiere decir en absoluto que, de no haberse producido el movimiento por los derechos civiles, esta coalición hubiera marchado bien. Sus contradicciones eran muy profundas y estaban enconadas desde finales de los años 30. Pero en 1964, estas contradicciones salieron a la luz, a menudo de forma que implicaban directamente a las estructuras del partido, gracias a las cuales las delegaciones del sur podían aislarse de las alas progresistas más liberales del partido.
Quizá el episodio más famoso fue que, en la convención de 1964, el Partido Demócrata por la Libertad de Mississippi, que se creó como partido paralelo, envió delegaciones rivales a la coronación de Lyndon Johnson en Atlantic City, poniendo de manifiesto la contradicción al decir: Señor Presidente, usted acaba de firmar la Ley de Derechos Civiles; seguramrnte, la posición de este partido nacional es favorable a los derechos civiles. Sin embargo, está sentando a delegaciones segregadas, totalmente blancas, que provenían de lo que el politólogo Rob Mickey denominó los «enclaves autoritarios» del sur de Estados Unidos.
Desafiaron a Lyndon Johnson y a todos los miembros de la cúpula demócrata a conciliar esta contradicción. ¿Qué van a hacer? ¿Nos quieren en el partido a nosotros o a ellos? Esto no se resolvió a satisfacción de los activistas de los derechos civiles en 1964. Pero en 1968, y más tarde en 1972, el partido emprendió reformas internas que imponían la igualdad de acceso y de oportunidades en función del sexo, el género, la raza y, más tarde, la identidad sexual.
Todo estalló en la convención de 1968, tanto dentro como fuera de la sala de convenciones: los disturbios en las calles, pero también el intenso conflicto dentro del partido sobre la dirección que iba a tomar. A la salida de esa crisis, el partido emprendió algunas reformas. ¿En qué consistieron?
Fueron realmente notables. Históricamente hablando, representaron el mayor momento de reforma del partido en la historia política estadounidense. Una reforma que, en mi opinión, la gente de los círculos liberales de izquierda pasa por alto hoy en día, a pesar de que fue casi una victoria sin precedentes para esas fuerzas.
Quienes seguían impulsando los derechos civiles en el partido, quienes intentaban activamente que se adoptara una posición antibelicista en la plataforma del partido, y quienes más tarde asociaríamos con el feminismo de segunda ola e incluso con el naciente movimiento LGBTQ, irrumpieron en escena e influyeron en las negociaciones secretas que tuvieron lugar entre las convenciones de 1968 y 1972. Esto cambió radicalmente la forma de seleccionar a los delegados para la convención.
Se pasó de un sistema en el que los jefes del partido, los congresistas y los líderes de los partidos estatales seleccionaban al candidato, a otro en el que lo decidían los votantes de las primarias, lo cual es un cambio radical.
Muy radical. Y hay una consecuencia no intencionada en esto, si se mira con cuidado lo que estos reformistas estaban tratando de hacer. Algunos preferían las asambleas electorales. Otros estaban de acuerdo con las primarias. Siempre y cuando estuvieran acompañadas de reuniones nacionales más frecuentes, no solo las candidaturas presidenciales cuatrienales, sino reuniones en las que los miembros del partido se reunieran para discutir plataformas estratégicas, etcétera.
Pero la forma en que se desarrollaron las cosas, al ritmo de los triunfos y las derrotas, fue la proliferación de primarias. Se convirtió en la forma más fácil para los estados de acomodarse a las nuevas reglas del partido imponiendo el sistema de primarias que tenemos hoy. Eso afecta no solo al modo en que los demócratas seleccionan a sus candidatos, sino también a cómo lo hacen los republicanos.
Ese proceso de reforma dio lugar a George McGovern como candidato en 1972, que fue rápidamente aplastado por Richard Nixon. Esto provocó una reacción contra las reformas. Algunos miembros de la vieja guardia dijeron explícitamente que no querían adoptar el modelo europeo de partido. No querían un sistema de afiliación. No querían disciplina de partido, no querían centralización… ¿Qué lograron y qué no lograron?
Muchos de los contrarreformistas eran un grupo que en 1968 habríamos identificado como liberales clásicos, convencionales, del New Deal. Una parte significativa de este grupo se convirtió en lo que más tarde llamamos «neoconservadores»: belicistas en política exterior, virulentamente anticomunistas. Tenían un gran problema con el movimiento antibélico por considerar que estaba mimando a los norvietnamitas, pero tenían un muy buen historial en materia de sindicatos y libertades y derechos civiles.
Esta gente acabó desertando al Partido Republicano en el transcurso de la década de 1970. Muchos de sus principales dirigentes acabaron ocupando puestos administrativos en la Casa Blanca de Ronald Reagan y más tarde en la de George W. Bush.
Eran gente que estaba, por usar sus palabras, «asqueada» de los excesos de los movimientos de los años sesenta. Como dice la cita de un dirigente sindical de la AFL-CIO, cuando asistió a la convención de 1972: «Hay demasiados pelos largos y pocos trajes y cigarros en este tipo de convenciones». Había muchas más mujeres en el partido. Había mucha más gente de color. Había gente que tenía diversas identidades sexuales. Ese tipo de cosas que, en ese momento, estaban fuera de la corriente principal. En última instancia, querían volver atrás en el tiempo, querían volver a un apogeo del New Deal que pensaban que probablemente podría haberse prolongado más allá de finales de 1960.
Aunque creo que podríamos cuestionar si ese fue alguna vez un objetivo razonable, consiguieron algunas cosas importantes. Desbarataron por completo los planes de los afiliados de rehacer el Partido Demócrata en un molde mucho más socialdemócrata y europeo. Echaron por tierra gran parte de los planes de centralización.
Pero no fueron capaces de dar marcha atrás en la selección de los candidatos presidenciales. Se institucionalizaron. A pesar de la derrota de McGovern en 1972, el hecho de que Jimmy Carter utilizara este tipo de sistema para eludir a la mayoría de los jefes del partido y llevar de nuevo al Partido Demócrata a la Casa Blanca en 1976 probablemente tuvo mucho que ver con la disipación de algunos de esos grandes temores y con hacer que una contrarrevolución a gran escala no solo fuera inviable, sino incluso indeseable.
Pero luego está la victoria de Reagan en 1980, que provocó otra reacción: el Consejo de Liderazgo Demócrata (DLC) y todo ese asunto. Para la mayoría de nosotros, se trata de la historia familiar de Bill Clinton y sus aliados, que consiguieron transformar el Partido Demócrata en una organización más centrista, más favorable a las empresas y más belicista en política exterior. ¿Cuán duraderas fueron aquellas reformas?
El primer objetivo del DLC, en el nuevo movimiento demócrata que encarnaba, era cambiar el partido desde el punto de vista organizativo. Pensaban que podían ser una especie de fuerza reformista capaz de conquistar las organizaciones existentes dentro del Partido Demócrata e institucionalizar su influencia de un modo similar a como lo habían hecho los reformistas de McGovern a finales de la década de 1960.
Ese proyecto fracasó en gran medida. No consiguieron afianzarse en el partido de esa manera. En el transcurso de su revolución hasta la década de 1980, acabaron por cambiar su estrategia hacia un acomodamiento más ideológico y político con lo que argumentaban que era la obvia corriente dominante más o menos reaganiana de Estados Unidos.
Por supuesto, también hay cambios políticos duraderos —reforma de la asistencia social, reformas del sistema financiero— de los que conocemos las consecuencias. Ese tipo de cosas tuvieron consecuencias duraderas para el partido y para la nación en su conjunto. Pero hay que recordar que muchas de esas reformas clave se produjeron tras la revolución republicana de 1994, la revolución de Gingrich en aquellas elecciones de medio término. Y Clinton se apoyó en coaliciones bipartidistas para sacarlas adelante. Había un gran número de congresistas demócratas que estaban desertando. No apoyaron la reforma de la asistencia social. No apoyaron la reforma financiera conservadora.
Así que este giro a la derecha, esta «neoliberalización» del Partido Demócrata, tuvo una gran influencia durante los años 90 y principios de los 2000. Pero mirando hacia atrás, incluso desde los primeros días de Barack Obama, por no hablar de cómo se ven las cosas de 2021 a 2022, creo que es muy fácil exagerar la influencia de los Clinton sobre el partido. En la década de 1990, tenían el liderazgo, y los líderes van a tener una enorme influencia a la hora de establecer la agenda y definir la imagen del partido. Pero soy muy escéptico ante las afirmaciones de que la tercera vía, el movimiento «Nuevo Demócrata», fuera capaz de efectuar un cambio duradero a largo plazo.
Veamos a los demócratas un poco más de cerca en este momento, en particular en la lucha por la candidatura de Joe Biden. He estado pensando en el Comité 1922 en Gran Bretaña, la asociación de diputados conservadores que han dicho a primeros ministros —recientemente Liz Truss, más notoriamente Margaret Thatcher— que era hora de irse y lo hicieron. Si tuviéramos uno de esos, Biden se habría ido mucho antes. Pero no lo tenemos.
Supongo que podemos atribuirlo en parte a la estructura del partido, pero también al contraste entre un sistema parlamentario y uno presidencial. Un sistema parlamentario siempre tiene la amenaza de una moción de censura. En Gran Bretaña, el poder legislativo puede decirle al primer ministro que es hora de irse. Aquí, en última instancia, todo dependía de Biden. ¿Qué dice eso de nuestro sistema político?
Habla de lo que es la organización presidencial de nuestros partidos, partidos que se han centrado en lo que ocurre en el Ejecutivo. Mientras que si nos remontamos a lo que probablemente imaginaron los fundadores, se trataba más bien de un sistema político centrado en el Congreso, ya que era lo único que habían experimentado antes.
Es un verdadero dilema en el sentido de que esto depende básicamente del capricho personal del presidente y del líder del partido. Fue George McGovern quien dijo que para ser presidente ya hay que estar loco. Se trata de gente ambiciosa. Llama la atención que alguien tan ambicioso como Richard Nixon o Lyndon Johnson dejara la presidencia o renunciara a ella.
Aunque los dos escenarios son muy diferentes, Biden obviamente se atrincheró. Fue inflexible. Lo que contrasta asombrosamente con el control que Donald Trump ejerce sobre su partido, a pesar de todos sus defectos. Si tuviéramos un sistema parlamentario, esto habría sido más sencillo.
Has mencionado a Trump. Hace ocho años, no creo que nadie hubiera sospechado dónde estaríamos ahora. Había mucha gente que decía que Trump iba a destrozar el partido, la vieja línea de que el Partido Republicano no toleraría a este advenedizo durante mucho tiempo. Y aquí está, controlándolo todo como una marca personal. ¿Cómo es posible?
Esa es la pregunta del millón, y creo que los politólogos y muchos otros van a seguir dándole vueltas durante mucho tiempo. No estoy seguro de que en Estados Unidos hayamos tenido nunca un caso comparable al dominio que Trump ha sido capaz de ejercer sobre un partido político importante ya existente. De un modo u otro, contradice la mayoría de las teorías de la ciencia política sobre el funcionamiento de los partidos.
Por poner un ejemplo, a menudo pensamos que Trump ascendió al poder cambiando su postura en una serie de cuestiones. Sabemos que históricamente, Trump había estado a favor del aborto. Así que se convirtió en provida. Sabemos que Trump tenía poca relación con las armas, aunque ha tenido una larga historia de promoción de temas de ley y orden, especialmente sobre los Cinco de Central Park y otros. Pero recibe el respaldo de la Asociación Nacional del Rifle. Todo esto parecía encajar. Estaba marcando las casillas de la coalición.
Lo que hemos visto en los últimos años, especialmente desde la decisión de Dobbs [vs. Jackson Women’s Health Organization], es que Trump está presionando con fuerza a algunos de estos grupos. Al menos porque el aborto se ha convertido en un tema un poco más complejo en la era post-Dobbs. No está a favor de una prohibición nacional. Parece entender perfectamente que es un lastre electoral. Ha elegido a un candidato a la vicepresidencia que ha cambiado su postura al respecto, de una prohibición nacional del aborto a algo más parecido a la postura de Trump de dejar el tema en manos de los estados.
Si echas un vistazo a la plataforma del partido para las elecciones 2024, probablemente menciona el aborto tan pocas veces como lo hacía la plataforma del Partido Republicano de 1968. Para este partido se ha convertido casi en un tema secundario. No es un reflejo fiel de la posición del partido en este asunto, ni de hasta qué punto motiva a sus votantes, ni siquiera de la posición que ocupa el movimiento provida. Pero es un cambio drástico respecto a 2016. Es un documento que se lee como si Trump lo hubiera escrito él mismo (lo que sabemos que no hizo, porque probablemente sería mucho, mucho más corto). Pero es un documento que en casi todos los sentidos refleja sus preferencias personales. No creo que hayamos visto nunca una plataforma de partido como esta.
Eso no podría haber ocurrido si el partido tuviera una estructura más al estilo europeo.
Sin elecciones primarias, y si queremos retroceder un poco más, sin el alboroto dentro del Partido Demócrata tras las reformas posteriores a 1968, no tendríamos elecciones primarias, y por lo tanto no tendríamos Trump. Esto no quiere decir que los reformistas de 1968 sean responsables por Trump. Pero en un sistema de partidos en el que la organización del partido, sus equivalentes o incluso sus donantes, tienen algún poder de veto sobre quién va a ser el candidato, nunca habríamos tenido a Trump. Puede que nunca hubiéramos tenido tampoco a Barack Obama.
Pero ese no es el sistema que tenemos. A pesar de la oposición de todos los sectores del partido, de aparentes líderes como Fox News, antiguos presentadores de Fox News, o el propio Rupert Murdoch, que ha tenido una relación cambiante con Trump, todos estos aparentes líderes, Trump los ha ignorado a todos. Por lo que sugiere la investigación, es porque la base del partido ya estaba allí.
Volviendo al Partido Demócrata: ¿qué es? ¿Es una marca, una franquicia? ¿Cómo ha cambiado (si es que ha cambiado) en los últimos años?
Hay muchas cosas que podemos señalar que parecen ser continuidades bastante significativas entre la administración Biden y las anteriores administraciones demócratas, o incluso el consenso bipartidista de Washington. Podemos fijarnos en el compromiso de Biden con Israel durante la guerra de Gaza. Podemos fijarnos en sus puntos de vista de política exterior en torno a la expansión de la OTAN. Pero creo que las discontinuidades han sido realmente increíbles.
Yo diría que, aunque sigue palideciendo en comparación con el ideal de lo que podría ser una administración demócrata, Biden es probablemente el presidente más progresista de la historia moderna, ciertamente tan progresista como Lyndon Johnson, aunque consiguió bastante menos que Johnson. En algunos aspectos, fue más favorable a los trabajadores de lo que nunca fue Franklin Roosevelt, que se acomodó (porque tenía que hacerlo) a una alianza de conveniencia con el movimiento obrero y entendió lo que podían darle dependiendo de lo que él les diera.
Mientras que aquí tienes a Biden caminando por la línea de piquete y proponiendo la expansión más dramática del sistema sanitario estadounidense que jamás hayamos visto. La Cámara aprobó la Ley PRO, aprobó la Ley del Salario Mínimo. Todas estas cosas murieron en el Senado porque Biden no tenía los números que se necesitan para conseguir una legislación a través de una cámara del Senado con supermayoría de facto. Pero es aún más dramático que, incluso con las escasas mayorías que tenía hasta 2021 y 2022, intentara hacer algo tan ambicioso.
No puedes limitarte a declarar el fin del neoliberalismo, como hizo Biden cuando dijo que la economía del goteo se ha acabado, que nos estamos alejando de ella. Hay que hacer algo más que declararlo. Hay que llevar a cabo cambios sustanciales y duraderos en la estructura de la economía política, y Biden fracasó en muchos de esos cambios. Pero su ambición, en cierto sentido, fue sorprendente.
Creo que en realidad habla de la fuerza relativa de los progresistas en este partido desde 2016: el hecho de que la insurgencia de Bernie Sanders tomara a tanta gente por sorpresa. El hecho de que Hillary Clinton perdiera las elecciones de 2016, lo que dejó a mucha gente rascándose la cabeza en cuanto a, bueno, tal vez tenemos que repensar cómo nos estamos presentando al electorado. Y luego la decisión personal de Biden, de tratar de acomodar al ala izquierda del partido hasta el punto de que podía tratar de atraer al bloque progresista para tener negociaciones continuas con ellos. Puso a Bernie en una posición de autoridad significativa dentro del Senado en el Comité Presupuestario.
Estas cosas no consiguieron lo que creo que podrían haber conseguido en otras circunstancias, pero se trata de una coalición del Partido Demócrata que está cambiando por sí misma.
Joe Biden no es el único vejestorio en la cúpula del partido. El partido tiene, en general, un liderazgo muy envejecido que a veces parece reflejar la aterosclerosis de la propia organización.
Sí. Pero de la misma manera, dada la edad de los líderes, en diez años todos se habrán ido. Vamos a tener una rotación significativa en el liderazgo del Partido Demócrata en el próximo ciclo o dos. Todas estas personas, ya sea por causas naturales o simplemente por retirada de la vida profesional, desaparecerán de la escena: Nancy Pelosi, Hillary Clinton, Joe Biden. Es de suponer que Barack Obama seguirá por aquí un tiempo. Pero incluso Bernie, siento decirlo, se irá pronto. Eso va a ser una oportunidad para que la dirección del Partido Demócrata se ajuste más a cómo es el partido a nivel de sus capas medias.
La gestión de Biden en Gaza ha dañado su reputación entre los progresistas.
Terriblemente, aunque yo diría que actuó exactamente como se esperaría que actuara cualquier presidente estadounidense en una crisis así.
La victoria de Trump generará una serie de efectos dentro del Partido Demócrata que son difíciles de pronosticar.
Estoy de acuerdo. Una gran parte de mi libro es que las elecciones producen ganadores y perdedores, no solo entre los partidos sino dentro de ellos. En cada candidatura siempre hay un riesgo. Siempre hay alguna predicción, algún pronóstico sobre lo que va a funcionar y lo que no. Así que cuando esas cosas fallan, como ocurrió en 2016 para los demócratas, siempre hay un montón de debates en los que hay que replantearse las cosas durante los años siguientes.
Lo que me llamó la atención del debate sobre la dimisión de Biden es hasta qué punto se centró en Biden y en su edad más que en sus posiciones políticas, en sus esfuerzos por ser audaz o en su agenda económica «intermedia». Así que con Trump ganando las elecciones, los demócratas probablemente vuelvan a la mesa de dibujo y digan: nunca más podemos nominar a un anciano blanco. Lo que correrá el foco respecto de balancear su gestión en clave de sus políticas.
Artículo publicado por la revista Jacobin y reproducido en Diario Red con su permiso.